


Cuenta que El Holandés Errante, un buque de varios mástiles y amplio velamen, navegaba por la zona del Cabo de la Buena Esperanza cuando fue sorprendido por una tremenda tormenta. La tripulación le solicita al capitán buscar refugio en el puerto más cercano. Este se niega. Se burla de sus marineros y declara no temer a nada ni a nadie. La tempestad empeora y el capitán reta a que Dios hunda su barco. En ese momento, una figura luminosa aparece en cubierta.
Todos en el barco tiemblan de terror en tanto que el capitán saca una pistola y le dispara gritando: «¿Quién quiere un viaje tranquilo? Yo no. No te pido nada. Desaparece o te vuelo los sesos». La misteriosa forma le lanza la siguiente maldición: «Hiel será tu bebida y hierro candente tu comida. De tus tripulantes sólo conservarás un grumete, al cual le nacerán cuernos, tendrá hocico de tigre y piel de perro marino. Y como te agrada atormentar a tus navegantes, serás su azote, pues te convertiré en el espíritu maligno del mar y tu buque acarreará la desgracia a quien lo aviste».

La revista inglesa y más tarde Jal fueron meros recopiladores de una tradición oral que se supone tiene como base una historia real, aunque deformada por la imaginación y el tiempo. Efectivamente, existió un barco bautizado Holandés Errante. Su capitán se llamaba Bernard Fokke. Había nacido en La Haya y era reconocido por todos como un gran marino, capaz de realizar viajes a enorme velocidad y dotar a su nave con tecnología inventada por él mismo.
A raíz de esto, las habladurías sostuvieron que Fokke tenía un pacto con el diablo. Por eso, cuando en una fecha no determinada del siglo XVIII, el Holandés Errante desapareció, no faltaron los que dedujeron que Satanás le había reclamado «su parte del contrato». Muchos suponen que esta historia, difundida de boca en boca a lo largo de casi un siglo, es la que inspiró la leyenda que todavía sigue circulando.

